Han de ser els centres políticament neutrals?

Hem iniciat un debat sobre si els nostres centres escolars de Primària i Secundària han de ser o no políticament neutrals, si hi ha centres on actualment es fa adoctrinament a favor d'una determinada opció política, si és correcte que els responsables de gestionar els serveis educatius, ja siguin municipals, autonòmics o estatals, convoquin actes i enviïn escrits i símbols a favor d'una determinada opció política, si es correcte que això mateix ho facin entitats cíviques, si a les classes un professor pot fer propaganda d'un determinat partit, etc.

Tots els que vulguin poden enviar-nos les seves informacions i opinions a ames@ames-fps.com. Mantindrem la màxima discreció. Les anirem publicant en aquesta WEB a mesura que arribin. Moltes gràcies. AMES no es fa responsable de les opinions rebudes.

ESCRITS REBUTS

1. Miedo a discrepar

Es evidente que los centros educativos deberían ser políticamente neutrales, que en ellos no debería haber propaganda de partidos políticos. Esta necesidad todavía es mucho mayor cuando los centros educativos viven inmersos en una sociedad en la que no hay libertad real para poder expresar determinadas ideas, como por ejemplo discrepar del nacionalismo-independentismo. Para comprobar si hay o no libertad para hablar de este tema basta con hacerse algunas preguntas muy simples como las siguientes:

En mi centro educativo…

Si no me equivoco, la respuesta a este breve cuestionario revela que en la enseñanza catalana hay miedo a discrepar y que se ha impuesto el temor a significarse. Es lógico, porque si un éxito han conseguido los nacionalistas primero, y los independentistas después, ha sido el de sustraer sus posiciones del debate y el de convertirlas en axiomas social y moralmente incuestionables.

Con los medios que el poder pone a su alcance, los nacionalistas-independentistas han conseguido ir encogiendo la Cataluña real, con toda su enorme complejidad y pluralidad, hasta hacerla desparecer por completo de nuestra visión, para sustituirla por una comunidad imaginaria, uniforme y movilizada, en lucha con agentes externos que la oprimen, agravian y extorsionan. Lo normal, lo propio, lo justo, lo correcto, lo que todos hemos de defender ha pasado a ser lo que los nacionalistas independentistas dicen, y la discrepancia se ha convertido en una anomalía o, peor aún, en sospechosa connivencia con el enemigo, con el opresor. Una vez se ha interiorizado esta lógica por parte de todos, se ha acabado asumiendo como algo natural e inevitable que ningún discrepante ocupe responsabilidades importantes y que a los que se salen del guión les pasen "cosas".

Es evidente que esta hábil operación ha sido posible gracias a la complicidad de una parte importante de la sociedad catalana, que ha encontrado una válvula de escape a muchos de sus malestares en este cierre de filas. Las demostraciones reiteradas y multitudinarias de uniformidad, acompañadas de acciones y mensajes de desafío, han aumentado la presión intimidante sobre quienes osarían discrepar y han contribuido a trasladar la impresión de que la legitimidad aquí la encarna el nuevo orden nacionalista independentista. No queda más opción que ajustarse a su lógica o temer que, en un contexto de sociedad movilizada, se produzcan rechazos oficiales explícitos y/o -lo que puede ser aún peor- manifestaciones insidiosas de hostilidad desde tu entorno (descalificaciones, calumnias, acoso, marginación, etc.), que ahora contarán con más comprensión que nunca.

Pero, para que todo esto se haga posible, también ha sido necesaria la inhibición de los poderes del Estado y de los partidos y entidades teóricamente comprometidas en la defensa de la Cataluña plural. Lamentablemente, han preferido taparse los ojos y priorizar sus pasteleos y juegos tacticistas. ¿Recuerdan las presiones ejercidas sobre los directores de instituto -funcionarios públicos que han de evitar hacer un uso partidista de su cargo- para que se implicasen en impulsar el 9-N? ¿Quién se mojó en esa ocasión? Más allá de algunos directores que resistieron a título individual, a nivel de entidades o instituciones ¡nadie lo hizo!

Para empezar a revertir esta situación, para volver a hacer visible la Cataluña plural, para que los discrepantes pierdan el miedo a expresarse y recuperen la confianza en los que les abandonaron a su suerte, para que se empoderen, habría que comenzar por denunciar toda forma de abuso o intimidación, y la falta de debate cuando se pierde la neutralidad es ya una forma grave de abuso.

Anónimo
Director de instituto

2. Urge una seria reflexión sobre lo que está ocurriendo

Es tal el cúmulo de evidencias sobre la instrumentalización de los centros educativos en Cataluña (los carteles de Som Escola son el colmo!) que la respuesta es evidente: urge una seria reflexión sobre lo que está ocurriendo.

En mi opinión se han de suprimir todos los elementos físicos que puedan suponer una presión simbólica sobre los estudiantes: los referidos carteles de Som Escola y las esteladas resultan particularmente inadmisibles. Asimismo, los profesores no han de llevar pulseras, zapatillas, camisetas o cualquier otra indumentaria con carga política. Es de sentido común y más en el actual contexto.

Otra cosa es lo que sucede en las aulas. Aquí (además de, por supuesto, controlar los excesos) soy partidaria de apelar a la ecuanimidad de maestros y profesores y, desde luego, de impulsar una política educativa que permita que accedan a la docencia profesionales con sensibilidades diferentes.

La inmersión lingüística ha impedido que vengan a Cataluña maestros y profesores de otras comunidades, con sus miradas diversas que harían, por ejemplo, que las actividades lúdicas de los centros no estuvieran tan alejadas de las tradiciones familiares de muchos de nuestros estudiantes y, desde luego, que se ofreciese en las aulas una visión basada en experiencias diferentes sobre la realidad social, política, económica y cultural del resto de España.

Isabel Fernández Alonso
Universidad Autónoma de Barcelona